lunes, 18 de noviembre de 2013

La literatura y sus demonios. Leer la poesía social

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Reseña en Voz y letra del libro La literatura y sus demonios. Leer la poesía social (ed. Castalia) del profesor de la Universidad de Granada Miguel Ángel García.

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La literatura y sus demonios. Leer la poesía social.
Miguel Ángel García
Madrid, Castalia, 2012.
Por Jairo García Jaramillo
 
En este nuevo libro, el profesor de la Universidad de Granada Miguel Ángel García tiene el valor de adentrarse en la espinosa cuestión de la “poesía social”, etiqueta que viene siendo, desde que su práctica efectiva concluyera definitivamente como discurso literario, una de esas eternas cuestiones disputadas (“essentially contested concepts”, las llamó W. B. Gallie) de nuestra crítica patria. Espinosa en primer lugar porque, aunque pueda resultar hoy algo remoto en este país desmemoriado, en su día –hace sólo unas décadas− fue capaz de avivar las más acaloradas polémicas en el mundillo literario, seguidas de largas polvaredas entre partidarios y detractores de tal tendencia, que parecían jugarse mucho más que una mera estética, mucho más que una moda. Pero ardua también porque su correspondiente literatura teórica (desde las revistas especializadas a las antologías y la crítica gacetillera) llegó a pecar de un cierto bizantinismo, trayendo a la cabeza a veces el modo en que definía Groucho Marx la política: “el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”; desde la distancia, es indudable que la crítica atizó, embrolló y trató de resolver, sin tino en muchas ocasiones, discusiones ramplonamente hueras o que nacían muertas, quizás por el solo placer de entrar en la batalla. Y este libro sirve, de entrada, para poner un poco de orden en toda esa literatura crítica que tantas veces no lo fue, porque acabó utilizando más bien a la poesía −no siempre de forma consciente− como excusa para otro tipo de intereses que venían de más lejos, que estaban más en el fondo, como supo ver en su día Ángel González (p. 65). Según afirma el propio autor, Gabriel Celaya iba demasiado lejos al pretender que la poesía sirviera de instrumento para transformar el mundo, pero desde luego es evidente que ésta produce “efectos ideológicos” (p. 18), y ya venía haciendo falta un repaso crítico y en perspectiva como éste, lúcido y magníficamente documentado, capaz de analizarlos.
El breve prefacio sugiere ya que el asunto a tratar es complejo, además, porque se enfrenta a ciertos prejuicios, malentendidos y medias verdades demasiado asentadas entre lectores y críticos, entonces como hoy, en torno al arte poética y a la literatura en general: singularmente, la tan cacareada y falaz conveniencia para muchos de separar ética y estética, la ingenua creencia en que la verdadera literatura, la “eterna”, no debiera mancharse nunca de sociedad ni de historia, como si eso fuese posible en algún modo. Pero advierte también que las contradicciones son mayores cuando, paradójicamente, los propios poetas protagonistas llegaron a hacer valer inconscientemente tales presupuestos, “imposibles de doblegar” en ellos (p. 17), perseverando tantas veces en afirmar que escribían poesía social por imperativo de los tiempos, si bien habrían hablado de otros asuntos más poéticos (y preferidos por ellos) si la realidad hubiese sido otra bien distinta. A demostrar tal evidencia dedica el profesor García gran parte de su enjundioso libro, y por supuesto a dejar bien claro que entre aquellos poetas hubo grandísimos creadores por cuyos hitos hay que pasar inevitablemente si se gusta de la buena poesía, y que sería un error, como dejó dicho en su día el propio Ángel González, juzgar toda una veta fecundísima de la poesía española por el hastío que llegó a provocar la mediocridad de los poetas segundones; como es lógico, malos poetas los hubo en igual número o mayor entre los supuestos estetas (p. 18), como los ha habido siempre. En todo caso, éste de la poca calidad poética, junto a otros tópicos semejantes (ingenuidad, ideologización, impopularidad, ineficacia, contenidismo, caducidad), vertidos con inquina por sus detractores hasta hoy mismo, son debatidos con rigor a lo largo de las páginas siguientes.
El grueso del imponente primer capítulo, que parte del análisis pormenorizado de las poéticas contenidas en la fundacional Antología consultada de la joven poesía española que Ribes publicó en 1952, se adentra, en efecto, en el examen de esa firme voluntad de los poetas sociales de escribir una poesía “comprometida”, de “tomar partido hasta mancharse”, entendida como un deber ético irrenunciable en aquel tiempo sombrío, deber necesario y exigible por conciencia histórica −frente a los “neutrales”− casi como un ejercicio de honestidad para con el lector y para consigo mismo. Pero enseguida descubrimos que la urgencia de ese consecuente compromiso social resulta algo problemática en tanto que estar “a la altura de las circunstancias” remitía a las mismas viejas trampas en que ya habían caído los jóvenes del 27 tras su célebre salto de la pureza a la rehumanización, materia ésta que conoce bien el autor del libro; como ellos, Blas de Otero, Celaya, Crémer, Nora y el resto de poetas sociales de la primera época, necesitaron simplemente invertir los términos para sentirse útiles, de manera que en ellos “el hueco que deja lo individual es rellenado con lo colectivo” (p. 25), es decir, que “sitúan lo social en el polo opuesto de lo puro” (p. 29), lo cual no significa para nada negar las reglas burguesas del arte heredado como algunos pretendieron, sino más bien darles la vuelta sin dejar de creer internamente en ellas.
Paradigmático es, en este sentido, el ambiguo humanismo, bienintencionado pero cargado de contradicciones teóricas, que aflora por ejemplo en el discurso cuasimarxista de Celaya, que nunca abandona la figura romántica del poeta-profeta que habla por las clases “sin voz” y a ellas se dirige como “pueblo” haciendo las necesarias concesiones lingüísticas, mas sin negar con su gesto la concepción idealista del discurso poético, del que tan sólo alcanza a apuntar, desde el sociologismo, su carácter histórico (p. 26). Como se verá más adelante –y a su figura se dedica un estudio completo de los cinco monográficos que contiene el volumen−, ni siquiera conseguirá desmitificar la poesía burguesa en su faceta más teórica, a pesar de los más que notables aciertos que expuso en su notable Inquisición de la poesía, escrito ya de vuelta de todas estas diatribas para reafirmar su definitiva distancia respecto del realismo socialista. Su perspicaz visión teórica y su gran conocimiento poético no le impidieron, sin embargo, “quedar atrapado en la dialéctica forma/contenido”, encerrona de clara raigambre idealista de la que, bien mirado, le resultó casi imposible escapar (p. 39), como tampoco fue capaz, según se explica más adelante, de cuestionar la “función poética” de herencia formalista (p. 53).
Sin restar méritos a todo lo logrado ética y estéticamente frente a la pútrida poesía oficialista, y aunque pueda sorprender a muchos, Miguel Ángel García argumenta sólidamente que los poetas sociales quisieron ir más lejos de lo que realmente fueron, en la medida en que, analizadas en profundidad, sus poéticas fueron mucho menos marxistas de lo que se piensa, algo que –ironiza− ni sus más fervorosos oponentes alcanzaron a entrever entonces, a pesar de que “el fantasma del marxismo o de la revolución parecía estar amenazando a cada paso” bajo sus planteamientos (p. 31). Humanistas, y no marxistas, son nuevamente Eugenio de Nora o Gloria Fuertes cuando, tratando de superar la dicotomía entre quienes la dirigían a la minoría o a la mayoría, afirman que la poesía habla únicamente a la Humanidad, y Blas de Otero, quien, en mitad de su particular caída del caballo, llegará a entonar el mea culpa por no saber llegar a los lectores de su tiempo, para sentar las bases de la poesía comunicativa que −recuerda el autor− llegará a contagiar al Aleixandre de Historia del corazón, convertido desde entonces en faro iluminador (p. 36).
Pero como el autor va desmenuzando de acuerdo con los textos programáticos más significativos, “ni siquiera los más lúcidos” de ellos “dejaron de establecer una línea divisoria entre la poesía en sí, cuestión de formas y calidades estéticas, y lo social como cuestión de contenidos y de claudicaciones responsables ante las urgencias o las circunstancias históricas” (p. 47). Obviamente, sin poner en duda jamás que la verdadera poesía no era la que les tocaba hacer sino la que hubiesen cantado, de ser posible, abandonados al reducto último de su intimidad, y dado que sobre ellos planeó siempre “el miedo a la mala poesía social, a la poesía social que no es poesía”, esto es, a “no ser considerados poetas” (p. 48), es claro que no llegaron a imbricar hasta sus últimas consecuencias la poesía en la Historia, como hubiera exigido un discurso verdaderamente marxista. Las inseguridades y los titubeos llegarán hasta José Hierro, quien ya en el momento posterior que supone la publicación de la antología Poesía social (1965) de Leopoldo de Luis, no será capaz de afirmarse con claridad “poeta social” pero tampoco “poeta” a secas (pp. 59-61); y tres años después, en la preparada por José Batlló, que puede considerarse el acta de defunción de la poesía social, apenas quedará ya solo Ángel González en su meditada defensa.
No obstante, la de los jóvenes del 50, en tanto que “poesía social de segundo grado, alejada de la ingenuidad y los esquematismos, de la menor dignidad artística de los poetas sociales que los habían precedido” (p. 74), intentará renovar la dicción “realista”, demasiado agotada ya en prosaísmo, claridad y objetivación, para impulsar las mismas “nobles intenciones” hacia una poesía más cuidada formalmente que la de sus maestros, planteándose que la función social no debe ir en detrimento de la función estética o poética. En adelante, poetas como José Ángel Valente hablarán de la poesía como conocimiento, invirtiendo una vez más los términos con objeto de combatir la (a sus ojos) falta de expresión verdaderamente literaria, para “vindicar el lenguaje poético y la autonomía del acto creador por encima de la transmisión comunicativa de cualesquiera contenidos previos (léanse mayoritarios y sociales)” (p. 79). Será el mismo afán de Claudio Rodríguez, Gil de Biedma o Carlos Barral, quienes insistirán en que el lenguaje es algo más que el vehículo de unas determinadas ideas, surgiendo de esta renovación teórica, como el autor explica, un realismo crítico que “desplazará el compromiso hacia las formas”, siguiendo en esto el pensamiento estético kantiano de Adorno, frente al hegelianismo de Lukács que inspiraba a los poetas anteriores (pp. 85-89).
Hasta tal punto se hará mayoritaria esta renovada defensa de la libertad expresiva y la indagación formal, que el pasado poético reciente comenzará a leerse entonces como coercitivo de la libre voluntad creativa, de modo que las críticas a la vieja poesía social lloverán en adelante en forma de excesiva servidumbre hacia el contenido, como asfixia de la respiración del poema por el estrangulamiento de la forma, según expresión de Félix Grande (p. 94). Para denostarla, de nuevo la balanza se estaba inclinando sobre uno de los polos tradicionales, pero sin sacudir ni un ápice las entrañas de la concepción poética burguesa dominante (pp. 96-7); todavía los novísimos acusarán de escasa experimentación a sus predecesores, hasta el punto de que Pere Gimferrer los tachará de inofensivos, fagocitados por la norma poética de la sociedad que pretendían combatir al aceptar de entrada su lenguaje, todo lo cual evidentemente puede aceptarse en cierto sentido, según Miguel Ángel García, siempre que previamente se admita que la poética novísima fue aún “más permeable a la sociedad en la que fue escrita, justo por volverle la espalda, y desde luego más susceptible de ser oficializada por el sistema” (p. 71) por caer ellos tantas veces en la obcecada indagación lingüística sin más.
Los dos capítulos siguientes, redactados como en un juego de espejos, pulen el edificio teórico desde el sugerente ángulo de “lo social en lo poético”, primero, y de “lo poético en lo social”, después. Obviamente, si el autor ha analizado pormenorizadamente hasta aquí las poéticas sociales para desbrozar incoherencias y contradicciones ideológicas ocultas en los poetas sociales, era de esperar que hiciera lo propio a continuación con quienes tan duramente los atacaron con iguales o mayores incongruencias, sin olvidar, insiste, que tal “demonización no es únicamente una cuestión literaria, estética, sino también política e ideológica” (p. 109). En este sentido, se comienzan ponderando, a pesar de todo, los esmeros de Leopoldo de Luis por llevar la poesía social lejos de la perniciosa influencia “política” con que era menospreciada a menudo, es decir, para tratar de lidiar así con las acusaciones y reparos (claramente políticos) que, una y otra vez, trataron de torpedear el discurso comprometido, escondidos bajo ese puñado de inconvenientes –“por exceso y por defecto”− que sus detractores aireaban sin tapujos, y hasta de forma agresiva, en torno a una poesía que por su relación intrínseca con lo disidente, revolucionario y transformador, a muchos no acabó nunca de sentar bien.
Desde luego el panorama que se recoge, con reacciones de todo tipo, da idea clara de la capacidad de perturbar y desestabilizar el discurso dominante que llegó a tener en aquellas décadas esta poesía acusada de doctrinaria, esto es, “el desasosiego y la perplejidad” que fue capaz de generar (p. 109), pese a que, lógicamente, “no toda la poesía social intentó ser revolucionaria” (p. 135) y ni siquiera, insiste el autor, puede decirse de ella que fuera más “ideológica” que la de sus oponentes. Se trata de algo más que de un problema terminológico: como explica el profesor García, la ideología dominante de una sociedad, stricto sensu, empapa todo el inconsciente social y es la misma sobre la que trabajan todos los poetas; si ya entonces algunas voces advirtieron que “toda poesía es social”, lo es en sentido sociohistórico e ideológico, hasta el punto de que “incluso los poetas que se alejan voluntariamente de todo compromiso son sociales, se encuentran comprometidos con las relaciones ideológicas derivadas de una formación social e histórica determinada, la capitalista en nuestro caso” (p. 105). Desde una óptica materialista, sobra aclarar que estetas y sociales tuvieron la misma carga de ideología (p. 135).
En el reverso que ofrecen las páginas siguientes, se avanza reflexionando ahora sobre el concepto de poeticidad con que quiso medirse, de otro lado, la poética social, acusada ya desde finales de los años 40 por el idealismo formalista-esteticista, según veíamos, de baja calidad, antirretoricismo o prosaísmo, rasero que para una parte de la crítica suponía una razón al fin y al cabo más poderosa que los −según ellos− argumentos extrapoéticos de tipo político o moral que se vertían sobre los poetas comprometidos, pero que en el fondo no era más que otra sinrazón más. No obstante, como el autor argumenta, puede considerarse hoy más bien un acierto que tales prácticas literarias nuevas buscaran eficacia expresiva en un registro inédito y frente a la retórica triunfalista o la evasiva, puesto que, naturalmente, bajo el supuesto “abandono de las formas” se escondía un meticuloso cuidado de las mismas, que no por estar rellenas de contenidos humanos o sociales tendrían que suponerse espontáneas, como defendió siempre Celaya (pp. 189-193). Todo lo contrario: “Que los poetas sociales huyeran de la metáfora, como de otros artificios literarios afines, no quiere decir que huyesen de la poesía” (p. 196), puesto que en ellos, la función poética ya acompañaba a la función social, siendo el prosaísmo fruto de una técnica artística meticulosamente intencionada, destinada a cumplir su deseo de llegar a la inmensa mayoría.
La segunda parte del libro la forman, según decíamos, cinco estudios monográficos dedicados a otros tantos autores clave para el devenir de la poética comprometida en lengua española, cada uno conformando, por ello, un capítulo en sí mismo. El primero analiza al Miguel Hernández que tras el segundo viaje a Madrid en 1934 transforma su escritura en una poesía rehumanizada al contacto con Aleixandre y Neruda, en un compromiso “feroz” que se irá agudizando hasta la Guerra Civil. En las entrañas de esa conversión, con sus dudas y tribulaciones iniciales, encuentra el autor del libro mecanismos ideológicos que, como hemos ido viendo, se repetirán en los poetas sociales de posguerra, con la importante salvedad de que la poética del alicantino sí dará el salto definitivo hacia otra poesía, al ser el suyo un compromiso que “debe su ferocidad a una asunción radical de marxismo y su forma de pensar la Historia”, a partir sobre todo de una profunda “conciencia autorreflexiva de clase” que pivota al tiempo sobre sus circunstancias íntimas, léase “un origen humilde, las experiencias sufridas o el instinto de solidaridad y rebelión” (p. 253).
El estudio siguiente ahonda en los obstáculos teóricos que impidieron a Gabriel Celaya, a pesar de todos sus esfuerzos, transformar su imponente poética “fieramente humana” en una poética verdaderamente marxista, lastrado por el sustrato ideológico existencial y humanista de su formación, según se apuntaba al comienzo. Y la misma problemática es analizada en la poesía de Blas de Otero, pero partiendo esta vez del análisis preciso de uno de sus textos clave, “Cartilla (poética)”, para advertir que el Otero “descielado” que se declara, como Celaya, manifiestamente marxista, alcanza todo lo más a sustituir a Dios por el Hombre en una inversión que “funcionó política y poéticamente como marxista” en su época (p. 307), pero que no lo era en rigor si asumimos las demostraciones althusserianas posteriores, que liquidaron el componente antropológico y humanista del marxismo real. No obstante, de ahí a negar los “empeños” oterianos en traspasar la dócil poesía burguesa para llevarla a otros terrenos donde, además, no se resintiera estéticamente la propia poesía, hay un trecho, como advierte el autor.
Los dos trabajos que restan se centran, el primero, en la particular lectura de Antonio Machado que hizo el grupo del 50, con el pseudomarxismo de Castellet a la cabeza, para certificar que, a través de su figura, la poética de José Agustín Goytisolo sí que “acarició por momentos la ruptura revolucionaria con la ideología burguesa”, intentó quebrarla dando “el salto a la otra orilla” con su magnífico Salmos al viento de 1958 (p. 324), libro en el que poetas afines como Gil de Biedma o Ángel González aprenderían el recurso satírico e irónico que definiría a la postre la poética generacional. Y en el siguiente es la figura del propio Gil de Biedma la estudiada desde el particular ángulo de su controvertido Retrato del artista en 1956 (publicado en 1974 y ampliado póstumamente en 1991), diario que supone una verdadera “herramienta de trabajo indispensable para tomar el pulso a buena parte de la cultura poética de ese periodo de la posguerra”, en tanto que da muestra de “cómo intentó vivirse privadamente un espacio público asfixiante e intratable” (pp. 331-332). Sus confesiones íntimas, que dan cuenta del oficio de vivir para mostrar al poeta más autobiográfico, casi en autorretrato, muestran siempre su pugna con el yo público de abogado de empresa, sirviendo en este sentido tales páginas de “espejo en que contemplarse y horrorizarse ante el doble” (p. 335). Su particular postura ante el compromiso y la poesía social, la coexistencia de otras poéticas diversas o la fascinación por la literatura inglesa, van tomando forma en mitad de ese viaje suyo hacia la poesía de la experiencia, mientras vemos reflejado el proceso de normalización de la poesía española de posguerra.
La tercera y última parte del libro, que da título al conjunto y lo remata, agrupa dos capítulos finales en los que cobra importancia la figura de Gerardo Diego, cuya labor crítica puede considerarse sin duda “fundamental para la historia de la poesía española del siglo XX” (p. 379), y eso sin necesidad de referirse al continente del 27, donde ejerció como antólogo, crítico y activo receptor del arte de vanguardia, aunque su concepción teórica de la literatura naciera entonces. Su papel en la posguerra sirve al autor para ejemplificar, en estos suculentos apartados finales, cómo la demonización de la poesía social referida a lo largo de las páginas precedentes pudo tomar cuerpo a lo largo de los años entre los críticos que, como él, no fueron especialmente detractores de la misma –demostrando gustar, por ejemplo, de Celaya o Otero−, sino más bien reacios por “no comulgar ideológicamente” (p. 386) con este nuevo discurso, de modo que sus afirmaciones, coherentes siempre con aquel poeta puro que había sido, traslucen “su incoercible creencia en la Poesía como una realidad en sí por encima de la Historia” (p. 387). Como es lógico, Diego conjuraba subrepticiamente contra los mismos demonios que quienes creían posible la práctica aséptica de la poesía.
Bien en las reseñas literarias que escribió para la radio desde 1946 hasta 1978, o bien desde su labor pública como jurado en importantes premios de la época, Diego trazó en sus intervenciones –más allá de filias y fobias personales− un arco en el que vemos dibujarse fielmente el de la poesía española contemporánea y donde la poesía social sale naturalmente bien retratada (al igual que el tremendismo o el garcilasismo) aunque en su esquema mental, donde hay una nítida separación esencial entre poesía y literatura, ésta quede, como la novela, el teatro o el ensayo comprometido a los que se empeña en aproximarla, siempre del segundo polo, casi como “poesía literaria” en el sentido más peyorativo del término (p. 381). El escorzo final, que parte del interesante análisis de la estrecha relación literaria entre Diego y José Hierro, se adentra después en algunas de esas reseñas de jóvenes poetas sociales, donde en efecto “no dice no a la poesía social…pero su posición ética y estética es distinta” (p. 413), para destacar cómo puede radiografiarse el desarrollo de la misma desde sus importantes precisiones críticas, que se muestran siempre coherentes con el esencialismo burgués que Miguel Ángel García viene analizando en el libro desde el principio.
Y para cuando termina, el lector sólo puede lamentar que un trabajo de factura tan impecable –que es ya marca de la casa− lo haga tan pronto, pues aunque lo dicho es tanto, nadie duda de que el autor nos ha contado, como siempre, sólo una parte de lo que sabe.

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