sábado, 15 de marzo de 2014

Saltar

Aquí podéis leer mi columna de marzo en el semanario accitano Wadi-As.
 

 
 



SALTAR
Algunas madrugadas, si se presenta clara la oportunidad, intentan saltar la valla del hambre, en Ceuta o en Melilla. Dicen que el número ha crecido vertiginosamente en las últimas semanas, después de años intentándolo en pateras, cayucos u ocultos por entre las ruedas de los camiones. A quién vamos a engañar, es un largo goteo de muertos, un genocidio silencioso, el rostro verdadero de este sistema de vida. Ahora las cifras bailan, como siempre, quizá haya 30.000 preparando el salto, o puede que más. Por otras vías, ni se sabe. Esperan en la noche −todas las noches− a que les den la señal, oteando desde el monte la ciudad que brilla. Malviven como pueden durante meses, a la intemperie. Hambrientos, semidesnudos, impacientes. Es lo único que tienen, la esperanza.
Lo que menos temen quizás sean las concertinas, reinstaladas por un gobierno que no sabe nada del dolor ni de las cicatrices. Las cuchillas les rajan la piel, pero al menos no les devuelven al otro lado, como la policía, que dispara si lo intentan por el agua, los caza y los envía de vuelta “en caliente”, humillando sus derechos. Entonces hay que empezar de nuevo. Algunos pasan la noche atrapados en las vallas, helados, sedientos, manteniendo el equilibrio varias horas, por miedo a pisar el suelo equivocado, lo que haría su esfuerzo vano. Otros mueren ahogados, y los empujan flotando con un palo al otro lado. Que los entierren ellos.
En los telediarios, yo he visto llorar de alegría a los que lo consiguen, aunque les sangren las manos o tengan las piernas rotas. Entonces gritan ¡viva España! y besan la tierra prometida, cantan eufóricos, corren descalzos por las calles con la ropa hecha jirones, orgullosos de hacer cola para ser hacinados. Porque ya no es tan fácil devolverlos, aunque a veces se abrevia el papeleo cargándolos en aviones y bajándolos en mitad de un país que ni siquiera es el suyo. Son hombres, y muchas veces me he imaginado entre ellos, soñando con cruzar al otro lado de la miseria, esperando el momento en que yo también saltaría. Aunque supiera que, desde luego, allí tampoco es oro todo lo que reluce.

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