lunes, 16 de junio de 2014

Abdicar

El próximo sábado 21 Wadi-As publica mi columna de junio. Se titula "Abdicar". Creo que puede ser interesante que aparezca ya por aquí, dados los acontecimientos.
 


Abdicar
No hay democracia más real que la nuestra. Hasta tenemos cetro y corona para investir a toda prisa al joven delfín, no vayamos a quedar desamparados. Para qué escuchar las razones republicanas, incontestables. Por ejemplo, ¿puede llamarse “democrático”, en rigor, a un país que reserva la jefatura del estado a una familia privilegiada –y no precisamente ejemplar− en función de los derechos que le concede la usurpación de poder de sus antepasados, renovada hace 39 años a manos del dictador que precisamente desangró la democracia republicana?
El 11 de febrero de 1930 María Zambrano razonaba por carta con su maestro José Ortega y Gasset: “Un rey constitucional es un contrasentido; sólo como lujo se le puede tolerar, siempre que no estorbe…”. Y sin embargo aquí seguimos. ¿Debe cumplirse la Constitución (que se incumple en tantos otros asuntos) en lo referente a la sucesión, y no en cuanto a la consulta popular ante temas de notable trascendencia? ¿Por qué ese miedo, un siglo después, a la verdadera democracia, evitando a toda costa que decidamos en las urnas el modelo que preferimos? ¿Cuándo seremos maduros para caminar sin tutelaje?
Los monárquicos, obviando lo que exhiben entre sedas, dicen que el futurible es muy moderno; si lo fuera se sometería a referéndum, es decir, al porvenir. Tampoco inspira confianza, a pesar de lo inoculado por los medios mayoritarios y los partidos turnistas –¡uno de ellos de tradición republicana!−, que su padre se despida de la afición con semejante frase: “Me he sentido identificado y comprometido con vuestras aspiraciones, he gozado con vuestros éxitos y sufrido con vuestro dolor”. Hasta los republicanos hubiésemos preferido el posesivo “nuestros”, dando a entender que es un ciudadano más y no alguien que nos contempla desde arriba o desde lejos, como a súbditos. Ahí sus guionistas, pese a tanta orquestación, no han estado finos.
El caso es que más allá de parabienes y adulaciones, tan parecidos a los que han canonizado a Suárez, la burbuja de la Transición se deshincha. Sospechamos del consenso. No es una “crisis general de las instituciones”, sino hartazgo de tanta estafa impune. Cuánto habrá en juego para que los poderosos se refugien en el inmovilismo. O quizás ya no les quede otra tabla de salvación.

 
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