lunes, 22 de junio de 2015

Sobre la unidad popular (Crónica personal de un debate histórico en Granada)



Sobre la unidad popular
(Crónica personal de un debate histórico en Granada)
Por Jairo García Jaramillo


“Con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero”
(Mario Benedetti)

Hacía tiempo que un debate político no desbordaba en Granada el aforo como hizo la otra tarde el encuentro en torno a la unidad popular organizado por la asociación UCAR (Unidad Cívica Andaluza por la República). Sin duda al éxito contribuyeron a partes iguales la renovada ilusión política que vivimos, la importancia del tema y el gran peso político e intelectual de los ponentes, provenientes de las tres fuerzas mayoritarias de la izquierda: José Antonio Pérez Tapias, Felipe Alcaraz y Juan Carlos Monedero, junto a un auditorio más dispuesto a escuchar críticamente que a recibir consignas. No fue un mitin, ni se hizo campaña, porque ninguno de los tres participantes está exactamente a día de hoy en primera línea política, de modo que, como manifestaron varias veces, hablaron únicamente en representación de sí mismos, aunque sus posiciones dibujaran de algún modo líneas de partido.
La cuestión de la unidad popular sigue siendo tan estructural como siempre en la estrategia política de la izquierda (o de las izquierdas, para no simplificar lo que por esencia es ideológicamente plural y heterogéneo), pero parece que en la actual coyuntura resulta más crucial que nunca para frenar la hegemonía de la derecha, cuyo poder podría perpetuarse con la sola ventaja de su menor fragmentación y la aparición de Ciudadanos. Así pues, retorna la vieja pregunta, ¿qué hacer? Y se necesitan acuerdos urgentes, por si un adelanto electoral cercenara la capacidad de acción en bloque, dejando a todos a traspié.
 El socialista José Antonio Pérez Tapias quiso contextualizar el debate en la crisis que vivimos y no sobre el vacío, planteando la necesidad de ofrecer alternativas viables al empuje del neoliberalismo no mediante bloques “excesivamente compactos”, sino a través de pactos o alianzas que, de entrada, “respeten el lugar en que cada uno está ubicado”, para no malograr la pluralidad, “que no quiere decir fragmentación”. Imposible, a su juicio, caminar juntos sin dialogar ni entender que “nadie tiene el monopolio de la aspiración a la justicia y la emancipación social”, es decir, sin dejar a un lado “el narcisismo freudiano de las pequeñas diferencias”, con objetivos concretos que no son sólo del PSOE, como la banca pública, el federalismo, la educación, el laicismo o, como faro iluminador, la conciencia histórica del republicanismo, de cara a evitar el adanismo de quien pretende “irrumpir en la vida política desde cero”, olvidando que “la chispa prende de atrás”. Por otro lado, si el camino es un proceso constituyente, aseguraba, en él debe primar la democracia real y no sólo formal o política.
El comunista Felipe Alcaraz habló de la “inevitabilidad del cambio en marcha” y situó su origen “en el pliegue histórico del 15M y en el nacimiento de un nuevo sujeto histórico que pide paso”, lo cual en su opinión no todos han sabido leer a tiempo, haciendo autocrítica respecto a su propio partido y los trenes perdidos. Pero si nada es igual desde entonces y asoma de nuevo “la sonrisa cómplice de los de abajo que ya asustó a Tocqueville”, tampoco la estrategia puede ser la misma a partir del 24M, puesto que el desbordamiento electoral de las candidaturas en común ha roto las reglas del juego dando una lección a los partidos tradicionales y abriendo el futuro hacia una nueva fase democrática: en adelante “van a gobernar las urnas y no los poderes fácticos”. En su opinión, también es necesario un proceso constituyente que rompa el bipartidismo “como única alternativa natural” y entierre el régimen del 78. Precisamente la historia que hay detrás de Izquierda Unida hace viable unas siglas nuevas (por ejemplo Ahora La Moncloa) capaces de aglutinar en las urnas a todas las fuerzas del cambio, siguiendo los ejemplos de Madrid, Barcelona y demás convocatorias ciudadanas: “la unidad no suma, multiplica y solos no podemos, es decir, no puede nadie”.
Juan Carlos Monedero quiso refrenar un poco el optimismo hablando de una pequeña grieta en un muro enorme. Para exponer su posición se remontó al origen de Podemos, cuando “lanzaron una piedra en un estanque a la espera de generar algunas olas frente a la resignación”, sin acaparar por completo el espíritu del 15M pero como evidente consecuencia del mismo. A resultas de una transición inmodélica, que pretendió sustituir el conflicto por el consenso, se estableció un bipartidismo conformista que hasta ahora parecía no tener alternativa, pero lo conseguido por su partido, afirmó, los legitima como “nave nodriza” del cambio, porque además están obligados a ir a las generales con su etiqueta, como les impuso la militancia en Vistalegre, oponiendo a la risa el “llanto de emoción”. Monedero llamó a reinventar “ese lugar anteriormente conocido como izquierda” y defendió la transversalidad ideológica para llegar más lejos, aparcando “las mochilas biográficas, que llevan a veces demasiada carga”, pues la partitocracia de la vieja política pesa demasiado a los jóvenes. Habló de la inoperancia de las “sopa de siglas” y de aprovechar el tirón de Pablo Iglesias para aglutinar a todos con un guión (Podemos-Es El Momento), pues no pueden esperarse resultados diferentes haciendo lo mismo que otras veces.
Antes de terminar se habló de la “coherencia tonal” del mensaje que nos juntaba allí, por encima de las diferencias de estrategia, y es cierto que había un cierto aire de familia, más allá de las lógicas diferencias fraternales. ¿Seremos capaces, por lo mucho que nos jugamos, de hacer caso esta vez a Benedetti?

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